La incorporación de Federico Angelini al gabinete de Maximiliano Pullaro muestra la capacidad de la política argentina para transformar acusaciones gravísimas en acuerdos estratégicos para retener el poder.

En 2023, durante una de las internas más feroces que atravesó Santa Fe en los últimos años, Angelini fue uno de los dirigentes que más duramente cuestionó a Pullaro. No se trataba de diferencias menores ni de disputas administrativas. El entonces compañero de fórmula de Carolina Losada instalaba sospechas sobre el financiamiento de campaña del actual gobernador y vinculaba políticamente a su entorno con sectores policiales involucrados en causas de narcotráfico. En plena escalada de violencia en Rosario, aquellas acusaciones adquirían un peso todavía más sensible.

La discusión no giraba alrededor de estilos de gestión ni estrategias electorales. Se ponía en duda la legitimidad moral y política de quien buscaba gobernar la provincia más golpeada por el crimen organizado en Argentina. Tres años después, ese mismo dirigente aparece negociando su desembarco en el gobierno provincial.

El movimiento no puede leerse únicamente como una decisión administrativa vinculada a la seguridad. Detrás de la llegada de Angelini al gabinete santafesino aparece una estrategia política mucho más profunda impulsada por Pullaro: construir una alianza práctica con sectores de La Libertad Avanza para evitar una fractura del voto antiperonista en Santa Fe y sostener poder territorial en Rosario.

La jugada tiene lógica electoral. Pullaro entiende que el avance libertario amenaza con fragmentar el electorado que históricamente sostuvo a Unidos para Cambiar Santa Fe. Y frente a ese escenario, incorporar dirigentes cercanos al mileísmo funciona como una señal política hacia el gobierno nacional y hacia una parte del electorado de derecha que hoy se siente identificado con Javier Milei.

Angelini encaja perfectamente en ese esquema. Tiene vínculo directo con Patricia Bullrich, diálogo con sectores libertarios y proyección propia en Rosario. Su desembarco en la provincia no solo fortalece la articulación con Nación en materia de seguridad. También lo posiciona territorialmente para disputar poder local a futuro, incluso con proyección hacia una eventual candidatura a intendente rosarino.

Pero justamente ahí aparece el núcleo más delicado de la operación política: ¿qué pasó con las acusaciones de 2023? ¿Aquellas denuncias sobre “plata negra”, vínculos oscuros y sospechas alrededor del narcotráfico, eran ciertas? o ¿Angelini mintió antes, durante o después de las elecciones del 2023?

La única certeza, es que no importa donde se encuentre Angelini ni el contexto en el que se encuentre el país o la provincia, él siempre tendrá un cargo.

Rosario vuelve a ser el epicentro de esa tensión. La ciudad sigue atravesada por una crisis estructural de violencia, narcotráfico y deterioro social. En ese contexto, la seguridad se convirtió en el principal activo político del gobierno provincial. Pullaro necesita sostener resultados concretos para consolidar su liderazgo. Y la coordinación con Nación fue clave para mostrar una baja en los índices de violencia letal durante los últimos meses.

Ese éxito operativo ahora empieza a convertirse también en una plataforma de reorganización política.

La incorporación de Angelini funciona como un mensaje hacia múltiples sectores: hacia Milei, hacia Bullrich, hacia el electorado libertario y también hacia la propia interna santafesina. Pullaro parece decidido a ampliar su estructura de poder incluso a costa de convivir con dirigentes que hasta hace poco lo acusaban públicamente de representar lo peor de la política provincial.

En términos de realpolitik, la jugada puede resultar eficaz. Pero el costo aparece en otro plano: el desgaste de la credibilidad pública.

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