Durante meses, en la política santafesina se instaló una idea casi indiscutida: la reelección de Maximiliano Pullaro parecía encaminada y Unidos mantenía el control del tablero provincial. Pero el escenario empezó a cambiar. Y lo hizo antes de lo esperado.

Las señales comenzaron a multiplicarse en silencio. Primero fueron las encuestas que mostraron un crecimiento sostenido de La Libertad Avanza en Santa Fe. Después aparecieron los gestos políticos cruzados, los intentos de acercamiento y las versiones sobre posibles acuerdos electorales rumbo a 2027. Finalmente llegó la respuesta libertaria: fría, breve y contundente. El espacio que conduce Javier Milei en la provincia decidió tomar distancia de cualquier alianza formal con Unidos.

Detrás de esa decisión aparece un dato político que preocupa cada vez más al oficialismo provincial: por primera vez desde el inicio de la gestión, Pullaro y Milei empiezan a mostrar niveles de aprobación similares dentro de Santa Fe. Los números revelan un escenario de virtual empate técnico entre el gobierno provincial y el fenómeno libertario.

La diferencia ya no parece estructural. Se volvió electoral. Los datos que circulan dentro de distintos espacios políticos muestran una provincia partida prácticamente en dos mitades. Mientras la imagen de Milei ronda niveles de aprobación cercanos al 48%, la gestión de Pullaro exhibe números similares, con márgenes mínimos entre apoyo y rechazo. En términos políticos, eso significa algo mucho más profundo que una simple encuesta: la aparición de una competencia real por el poder provincial.

Hasta hace pocos meses, la discusión parecía girar únicamente alrededor de cuánto podía crecer La Libertad Avanza dentro de Santa Fe. Ahora la pregunta cambió. La incógnita pasó a ser si el oficialismo provincial puede sostener el poder sin incorporar al fenómeno libertario dentro de su esquema político.

Fuentes cercanas al gobierno provincial, cercanas al ejecutivo y al legislativo, confirmaron que funcionarios de primera línea le habrían sugerido al gobernador, Maximiliano Pullaro, que considere la opción de ofrecerles secretarias y lugares de poder en el ejecutivo, a dirigentes de la Libertad Avanza para poder retener la provincia y la ciudad de Santa Fe, camino a las elecciones 2027.

Ese cambio de clima explica por qué comenzaron a aparecer dirigentes de Unidos deslizando públicamente la posibilidad de una futura convergencia con el mileísmo. El crecimiento libertario encendió alarmas en sectores del radicalismo, del PRO y de la coalición gobernante, especialmente ante el riesgo de perder no solo la gobernación, sino también ciudades estratégicas como Santa Fe y Rosario.

En ese contexto aparecieron encuestas que muestran a La Libertad Avanza incluso por encima de Unidos en intención de voto provincial, con un porcentaje de indecisos todavía muy alto y determinante. Ese dato altera completamente la lógica política de la provincia: ya no se trata únicamente de administrar una ventaja, sino de evitar un cambio de ciclo.

La tensión se profundiza por otro motivo. Aunque el espacio libertario podría competir seriamente por la gobernación, todavía enfrenta un problema estructural: la construcción de poder legislativo y territorial. Ganar una elección ejecutiva no garantiza gobernabilidad.

La Legislatura santafesina funciona históricamente como un sistema de fuerte peso territorial, donde senadores departamentales, intendentes y estructuras locales conservan una influencia decisiva. En ese esquema, La Libertad Avanza todavía no tiene consolidado un músculo político equivalente al de Unidos ni una red territorial comparable.

Ahí aparece una de las contradicciones más delicadas del escenario actual. Mientras sectores del oficialismo provincial analizan la necesidad de acercarse a los libertarios para sostener poder, el propio discurso de La Libertad Avanza se construye sobre el rechazo a las alianzas con la política tradicional.

El dilema no es menor. Un acuerdo con Unidos podría darle al mileísmo volumen legislativo, estructura y gobernabilidad en Santa Fe. Pero también podría diluir la identidad antisistema que explica buena parte de su crecimiento electoral. Del otro lado, para Pullaro, incorporar sectores libertarios podría representar una estrategia defensiva para evitar una fragmentación del voto de centro y derecha que ponga en riesgo la continuidad del oficialismo provincial.

La situación también expone otra tensión de fondo: las diferencias entre el gobierno nacional y la administración santafesina. Mientras Pullaro reclama recursos, obra pública y financiamiento para infraestructura, el modelo económico impulsado por Milei avanza precisamente en sentido contrario, reduciendo gasto estatal y redefiniendo el rol del Estado nacional. Esa contradicción convierte cualquier eventual alianza en una negociación compleja no solo desde lo electoral, sino también desde lo ideológico.

Por eso, lo que empezó como una especulación de “rosca política” terminó transformándose en una discusión mucho más profunda sobre el futuro del poder en Santa Fe. La provincia parece haber entrado en una etapa de incertidumbre política que no estaba en los cálculos iniciales del oficialismo. La aparición de nuevos voceros, los movimientos internos dentro de Unidos y las conversaciones sobre posibles acuerdos revelan algo más importante que cualquier encuesta individual: el temor a que el escenario haya dejado de estar controlado.

Y cuando un gobierno empieza a discutir alianzas antes de tiempo, generalmente no lo hace porque se siente cómodo. Lo hace porque percibe que el equilibrio político empezó a romperse. La gran incógnita hacia 2027 ya no es solamente quién puede ganar Santa Fe. La verdadera pregunta es otra: si el sistema político santafesino está entrando en una transición histórica donde las estructuras tradicionales ya no alcanzan para garantizar gobernabilidad, poder territorial ni representación social.

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