Rosario queda atrapada en una tensión compleja entre el modelo económico impulsado por Javier Milei y la administración provincial encabezada por Maximiliano Pullaro.

Mientras la actividad comercial se deteriora, los locales venden menos y la incertidumbre crece, el debate económico empieza a mezclarse con otro mucho más político. ¿quién carga realmente con el costo del freno económico que golpea a la ciudad?

El último informe del Observatorio Económico de la Federación de Centros Comerciales Abiertos de Rosario y la Región expuso un escenario preocupante. Siete de cada diez comerciantes registraron una caída en sus ventas durante abril y más del 60% aseguró que el retroceso supera el 10% en comparación con el año pasado.

El informe describe un “efecto pinza”: menos demanda y más costos. Los comercios venden menos, pero al mismo tiempo enfrentan aumentos permanentes en alquileres, tarifas energéticas, impuestos y gastos operativos. El resultado es una presión creciente sobre la rentabilidad y sobre la capacidad de sostener la actividad cotidiana.

Los sectores más golpeados no son menores. Jugueterías, librerías, comercios de alimentos e indumentaria forman parte del consumo habitual de miles de familias rosarinas. Por eso, la caída de ventas empieza a funcionar también como un termómetro social sobre el deterioro del poder adquisitivo y el enfriamiento económico.

El 72% de los comerciantes consultados no observa señales claras de recuperación en el corto plazo. Muchos creen que la actividad seguirá estancada o incluso empeorará. Y detrás de esa percepción aparece una preocupación mucho más delicada: el temor a nuevos cierres de locales, pérdida de empleo y deterioro progresivo de corredores comerciales históricos de la ciudad.

Desde el gobierno nacional se sostiene que el ajuste y la estabilización macroeconómica son condiciones necesarias para ordenar la economía. Pero buena parte del comercio todavía no percibe mejoras concretas en la actividad diaria. Del lado provincial, Santa Fe mantiene reclamos vinculados a producción, infraestructura y actividad económica, aunque el deterioro comercial comienza a sentirse cada vez más fuerte dentro de las ciudades.

Con el consumo en el piso, el problema deja de ser únicamente comercial. Empieza a impactar sobre empleo, circulación económica, inversiones y capacidad de sostener pequeñas y medianas empresas que dependen del movimiento cotidiano de la ciudad.

Por ahora, el tiempo todavía no definió dónde terminará recayendo el costo político de este escenario. Pero en Rosario empieza a crecer una sensación cada vez más visible: alguien deberá responder por una economía que todavía no logra reactivarse mientras los comercios atraviesan uno de los momentos más frágiles de los últimos años.

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